El verdadero desafío del PRM no es evitar la competencia interna. En una organización con múltiples liderazgos, eso no solo es imposible, sino también indeseable. El reto real es aprender a competir sin romperse; defender proyectos sin destruir relaciones; impulsar aspiraciones sin dinamitar la convivencia interna y tomar decisiones sin debilitar el instrumento político que tanto esfuerzo ha costado construir.
Porque el 2028 llegará. Pero la verdadera prueba no será solamente quién gane una candidatura, sino qué partido seremos capaces de preservar después.
Lo ocurrido recientemente en el PRM deja una reflexión que va mucho más allá de los nombres escogidos para dirigir nuestra organización. La unidad no significa pensar igual, renunciar a nuestras aspiraciones ni negar las diferencias que naturalmente existen dentro de un partido amplio, diverso y con vocación de poder. La verdadera unidad se construye cuando esas diferencias no terminan siendo más grandes que aquello que nos une.
La elección de Luis Abinader como presidente del partido tiene, desde esa perspectiva, un significado especial. No solo formaliza el liderazgo principal del PRM, sino que coloca sobre sus hombros la responsabilidad de conducir una etapa especialmente sensible, en la que habrá que preservar la cohesión mientras comienzan a perfilarse nuevos liderazgos y legítimas aspiraciones hacia el futuro.
Junto a él llega una dirección que combina experiencia, renovación y relevo generacional. Juan Garrigó asume la Secretaría General con el reto de fortalecer la relación entre la dirección, los organismos del partido y una militancia que necesita cercanía y escucha. Deligne Ascención aporta trayectoria, experiencia política y conocimiento de nuestra estructura organizativa. Y la llegada de Gloria Reyes a la Secretaría Nacional de Organización representa, además, una señal importante de renovación y de apertura de espacios para mujeres y jóvenes en los niveles donde se toman las grandes decisiones.
Pero más allá de los nombres, me parece todavía más importante valorar el proceso. Hubo aspiraciones distintas, posiciones encontradas e intereses legítimos en juego. Como ocurre en cualquier organización política viva. Al final hubo capacidad para conversar, ceder y construir acuerdos.
Eso también es política. Porque hacer política no consiste únicamente en saber competir. También exige entender cuándo dialogar, cuándo construir equilibrios y cuándo colocar el proyecto colectivo por encima de una aspiración individual. Ningún liderazgo, por importante que sea, debería sentirse más grande que la organización a la que pertenece.
Ahora comienza quizás la etapa más exigente. La unidad alcanzada en este proceso tiene que trasladarse al territorio, a nuestras estructuras, a la relación con las bases y al reconocimiento de los hombres y mujeres que han sostenido al partido durante años. También deberá expresarse en la capacidad de abrir espacios a nuevos liderazgos sin olvidar a quienes hicieron posible el camino recorrido.
Los próximos años traerán inevitablemente competencia interna. Habrá aspirantes, equipos, simpatías, estrategias y diferencias. Eso no debe asustarnos. Un partido democrático no se debilita porque existan proyectos distintos; se debilita cuando no sabe administrarlos.
Ahí estará la verdadera prueba del PRM: competir sin convertir al compañero en enemigo. Poder apoyar opciones diferentes sin caer en la descalificación personal. Entender que levantar una candidatura no requiere destruir la reputación de otra y que, al concluir una competencia interna, todos tendremos que volver a encontrarnos.
Una primaria puede dejar un ganador y varios aspirantes que no alcanzaron la candidatura. Lo que nunca debería dejar es un partido dividido entre vencedores y derrotados incapaces de volver a caminar juntos.
Y ese es, para mí, el sentido de pensar el PRM más allá del 28.
No se trata únicamente de preguntarnos quién encabezará la próxima boleta presidencial. Se trata de preguntarnos qué organización queremos tener cuando termine esa competencia. Si tendremos la madurez para renovar liderazgos sin renegar de nuestra historia; para combinar experiencia y juventud; para escuchar a las bases y para comprender que ninguna aspiración individual justifica poner en riesgo el proyecto colectivo.
Los cargos pasan, las aspiraciones cambian y los liderazgos se renuevan. Las instituciones son las que deben permanecer.
Por eso felicito al presidente Luis Abinader, a Juan Garrigó, Deligne Ascención, Gloria Reyes y a todos los compañeros y compañeras que asumen nuevas responsabilidades. También reconozco a quienes concluyen una etapa de servicio en la dirección partidaria y han aportado al crecimiento de nuestra organización.
Deseo que esta nueva etapa encuentre al PRM unido sin ser homogéneo, diverso sin estar dividido y competitivo sin ser destructivo. Que podamos defender nuestras preferencias con firmeza, pero sin olvidar que después de cualquier contienda tendremos que volver a caminar juntos.
Porque cuando llegue el 2028, no solo pensaremos en quién ganó una candidatura, sino también ¿Qué partido quedó después de la competencia?
Porque, sin duda, ganar el 28 será importante. Preservar el PRM más allá del 28 será decisivo.
Escrito por Yiraldy Hernández, comunicadora, abogada y servidora pública.















