El Partido Revolucionario Moderno acaba de enviar una señal política que merece ser leída con calma. No porque el consenso sea una novedad absoluta en la política dominicana, sino porque el PRM nació precisamente de una fractura, heredó las heridas del viejo PRD y carga todavía con una pregunta de fondo: ¿ha superado realmente la cultura de autodestrucción que convirtió al partido blanco en una maquinaria experta en derrotarse a sí misma?
La escogencia de la nueva dirección perremeísta, con Luis Abinader al frente de la presidencia del partido, Juan Garrigó Mejía en la Secretaría General y Gloria Reyes en la Secretaría Nacional de Organización, no puede verse solo como un trámite interno. Es una fotografía del poder. Y en política, las fotografías casi nunca son inocentes.
El PRM decidió evitar el choque abierto. Optó por una plancha única, por la aclamación y por el pacto entre sus principales liderazgos. En una organización con varias figuras presidenciables mirando hacia 2028, eso no es poca cosa. La competencia existe. Las ambiciones están vivas. Los equipos se mueven. Los territorios se cuentan. Los liderazgos se miden. Pero esta vez, al menos en la superficie, el partido escogió no romperse.
Ahí está la primera lectura: el PRM aprendió algo de la tragedia del PRD.
El viejo partido blanco hizo de sus diferencias internas una guerra permanente. Donde debía haber arbitraje, muchas veces hubo imposición. Donde debía haber competencia, apareció la sospecha. Donde debía haber institucionalidad, terminaron volando sillas. Ese recuerdo no es menor. Las “sillas del PRD” no son solo una anécdota bochornosa; son el símbolo de una cultura política que no supo procesar el poder sin destruir la casa común.
El PRM parece haber entendido que un partido de gobierno no puede darse el lujo de ofrecer ese espectáculo. Mucho menos cuando se acerca el ciclo decisivo de 2027, donde comenzará a definirse la candidatura presidencial de 2028, la primera gran sucesión interna sin Abinader como candidato presidencial.
Pero una cosa es evitar el pleito y otra muy distinta es haber alcanzado una verdadera madurez democrática.
Lo ocurrido puede leerse como madurez, sí. También puede leerse como reparto inteligente del poder. Y quizás ahí está la clave: el PRM no resolvió sus tensiones eliminándolas, sino administrándolas.
Abinader asume la presidencia del partido y se coloca como árbitro principal de la transición. No es un detalle menor. Aunque constitucionalmente no podrá aspirar a otro período consecutivo, su capital político sigue siendo el eje alrededor del cual se ordena el oficialismo. Al tomar el control formal del PRM, el presidente evita que la organización quede demasiado temprano en manos de una sola candidatura interna.
Los Mejía, por su lado, no conservaron todo, pero tampoco quedaron fuera. Carolina Mejía sale de la Secretaría General, pero el espacio queda en manos de Juan Garrigó Mejía. Esa jugada puede interpretarse como una retirada parcial del primer plano, no como una derrota total. El apellido Mejía conserva una llave importante dentro de la estructura partidaria, aunque ahora bajo una fórmula distinta: menos exposición directa de Carolina y más preservación del espacio familiar-político en el aparato.
Ahí aparece la pregunta incómoda: ¿cedieron los Mejía la presidencia del partido para no quedarse sin nada?
La respuesta más responsable sería decir que negociaron. Y en política, negociar también es reconocer límites. La corriente de Hipólito Mejía no parece tener hoy la fuerza suficiente para imponerlo todo, pero sí la capacidad necesaria para no ser ignorada. Eso explica la Secretaría General. No es el trono completo, pero tampoco es la puerta de salida.
El otro movimiento importante está en el eje David Collado–Eduardo Sanz Lovatón. Con Gloria Reyes en Organización, ese sector entra en una posición de enorme valor estratégico. La Secretaría de Organización no es un adorno. Es territorio, estructura, militancia, contacto con las bases y control operativo de la maquinaria partidaria. Quien organiza, cuenta. Y quien cuenta, pesa.
Por eso, la lectura de que Yayo y David salen fortalecidos tiene sentido. No necesariamente porque hayan tomado la presidencia del partido, sino porque ganan espacio en el lugar donde se construye el músculo electoral. En una competencia presidencial futura, eso puede valer tanto como un discurso bonito, una encuesta favorable o una foto con mucha gente.
El PRM, entonces, no solo se unificó. Se acomodó.
Acomodó a Abinader como árbitro. Acomodó a los Mejía para que no rompieran. Acomodó a David y Yayo para que no se sintieran excluidos. Acomodó a una estructura que necesita llegar viva, cohesionada y funcional al proceso interno que definirá el liderazgo posterior al abinaderismo.
Esa es la parte inteligente del movimiento.
La parte peligrosa está en confundir consenso con democracia plena. Un partido puede evitar una guerra interna mediante acuerdos de cúpula, pero no debe acostumbrarse a sustituir siempre la participación de sus bases por decisiones previamente amarradas. La unidad es valiosa cuando ordena; se vuelve peligrosa cuando tapa preguntas legítimas.
El PRM tiene derecho a proteger su gobernabilidad interna. También tiene la obligación de demostrar que su modernidad no es solo una palabra en el nombre. Si el partido que nació de la ruptura del PRD termina administrando el poder con las mismas prácticas de cuotas, familias, grupos y negociaciones cerradas, habrá superado las sillas, pero no necesariamente la cultura que las hizo posibles.
La madurez política no consiste únicamente en no pelearse en público. Consiste en crear reglas confiables, respetar los liderazgos emergentes, abrir espacios reales de participación y garantizar que la unidad no sea una mordaza para la discusión interna.
El PRM evitó el espectáculo. Eso ya es ganancia.
Ahora debe demostrar que su consenso no fue solo una cortina elegante para esconder una repartición de poder.
Porque el verdadero examen no era escoger autoridades sin romperse. El verdadero examen empieza ahora: administrar las ambiciones presidenciales, ordenar la transición del liderazgo de Abinader, contener las corrientes internas y llegar a 2028 sin repetir la historia del partido del que nació.
El PRM parece haber aprendido a esconder las sillas.
Falta saber si también aprendió a no lanzarlas.















