Durante cinco días, Nagua convirtió el coco en punto de encuentro para la producción, la cultura, el emprendimiento y la identidad provincial.
Por Amaury Reyna Liberato
El aroma del pan de maíz recién horneado se mezcla con la música de una banda juvenil en el Parque Duarte de Nagua. Mientras las familias recorren los pabellones y degustan productos elaborados con coco, artesanos exhiben lámparas, joyas, cosméticos, dulces y piezas decorativas nacidas de uno de los frutos más representativos de la provincia María Trinidad Sánchez.
A pocos metros, niños participan en talleres de pintura y concursos de dibujo. En otro extremo del parque, productores agropecuarios conversan con técnicos, autoridades e inversionistas sobre las posibilidades de industrialización y el futuro de la cadena productiva del coco.
Cuando cae la noche, el ambiente cambia. Las luces de la tarima principal anuncian las presentaciones artísticas y el parque se transforma en un espacio de celebración colectiva donde coinciden productores, emprendedores, visitantes y familias de distintas generaciones.
Esa combinación de actividad económica, formación, gastronomía y entretenimiento definió la sexta edición del FestiCoco, celebrada del 15 al 19 de julio de 2026.
Durante cinco días, Nagua no se limitó a exhibir lo que produce. También mostró la manera en que un pueblo puede convertir uno de sus principales recursos agrícolas en una expresión de identidad y en una oportunidad de desarrollo.
El fruto que identifica a una provincia
Hablar de Nagua es, sin lugar a dudas, hablar del coco.
Durante generaciones, este cultivo ha formado parte del paisaje, del sustento de miles de familias y de la identidad de la provincia María Trinidad Sánchez. Su presencia trasciende las plantaciones: está en la gastronomía, la artesanía, la economía local y en buena parte de las tradiciones que distinguen a esta zona del nordeste dominicano.
No se trata únicamente de una percepción cultural. María Trinidad Sánchez concentra más del 33 % del volumen de coco que se produce en la República Dominicana, una condición que la convierte en la principal provincia productora del país y explica por qué Nagua se ha consolidado como sede del FestiCoco.
Ese liderazgo adquiere aún mayor relevancia en un contexto de crecimiento del sector. De acuerdo con el perfil exportable del coco elaborado por el Ministerio de Agricultura, la producción nacional pasó de 421,555 toneladas métricas en 2019 a 566,642 toneladas en 2023, un incremento cercano al 34% en apenas cuatro años. En ese mismo período, el valor de la producción nacional prácticamente se duplicó, reflejando el renovado interés por un cultivo que hoy abastece tanto el consumo local como una creciente industria de derivados.
Ese contexto permite entender la evolución del FestiCoco. Más que promocionar un producto agrícola, el festival busca mostrar las distintas actividades económicas, culturales y sociales que se articulan alrededor del coco y el potencial que todavía ofrece para el desarrollo de la provincia.
La programación de esta sexta edición reflejó ese propósito. Además de la exhibición comercial de emprendedores y productores, incluyó talleres sobre buenas prácticas agrícolas, conferencias sobre creación de marcas, conversatorios sobre agroturismo, demostraciones gastronómicas, espacios académicos, concursos infantiles y presentaciones culturales dirigidas a públicos de diferentes edades.
Ese enfoque convirtió al FestiCoco, una vez más, en un punto de encuentro donde coincidieron agricultores, artesanos, instituciones públicas, universidades, emprendedores y visitantes interesados en conocer cómo un producto agrícola puede convertirse también en motor de desarrollo para toda una provincia.
Las manos detrás de cada producto


Pero la cadena de valor del coco no se construye únicamente con programas institucionales, inversiones o procesos industriales. También depende de las personas que, desde pequeños talleres y negocios familiares, convierten materias primas locales en productos capaces de generar ingresos y preservar conocimientos.
Esa dimensión humana se hacía visible en los estands del Parque Duarte.
Detrás de cada lámpara, dulce, jabón o pieza decorativa había una historia de aprendizaje, necesidad, tradición o reinvención. Algunas comenzaron hace décadas; otras surgieron recientemente. Todas, sin embargo, revelaban cómo el emprendimiento puede transformar recursos cotidianos en oportunidades de desarrollo.
Una de esas historias era la de Wildiska, artesana de San José de Matanzas, quien encontró en una planta acuática, considerada durante años una molestia para ríos y humedales, la materia prima de su oficio.
Wildiska: crear valor donde otros ven desperdicio
Su relación con la artesanía comenzó en 2016, cuando, motivada por su madre, participó en un curso sobre el aprovechamiento de la lila acuática, impartido mediante la institución que actualmente se conoce como Dirección de Desarrollo Social Supérate.
Al principio, le resultaba difícil imaginar que aquella planta pudiera convertirse en bolsos, sombreros, muebles o piezas decorativas. Con el tiempo, el aprendizaje inicial se transformó en un proceso constante de experimentación.
Desde su taller en Matancitas, Wildiska comenzó a trabajar la fibra de la lila acuática hasta convertirla en carteras, luminarias, accesorios y otros objetos artesanales que hoy comercializa dentro y fuera de la provincia.
Para el FestiCoco 2026 amplió esa propuesta con una línea de lámparas elaboradas con jícara y madera de coco. Las piezas mostraban que partes del fruto que con frecuencia terminan desechadas también pueden adquirir valor estético y comercial cuando se combinan con técnica, creatividad y conocimiento artesanal.
Su estand, sin embargo, no funcionaba únicamente como espacio de venta.
Allí también exhibía algunas de las primeras pinturas realizadas por su hija Sofía. La presencia de ambas revelaba otra dimensión del emprendimiento: la posibilidad de transmitir habilidades, sensibilidad artística y confianza entre generaciones.
La historia de Wildiska demostraba que la innovación no siempre comienza en una gran industria. A veces surge en un taller doméstico, cuando alguien aprende a observar de otra manera aquello que los demás consideran inservible.
Y esa capacidad de volver a comenzar, aunque desde una experiencia distinta, también estaba presente a pocos metros de allí, en el estand de Elizabeth Medrano.
Elizabeth Medrano: emprender para volver a comenzar
Su emprendimiento se llama Renacer, un nombre que no responde únicamente a una estrategia comercial, sino a una experiencia personal marcada por la enfermedad, la recuperación y la necesidad de reconstruir su vida.
Elizabeth explica que la idea surgió después de enfrentar un diagnóstico de cáncer de mama. Tras completar el tratamiento, encontró dificultades para reincorporarse al mercado laboral. Ante esa realidad, decidió crear su propia fuente de ingresos mediante la elaboración de jabones orgánicos, aceites corporales y otros productos formulados con aceite de coco e ingredientes naturales.
El proyecto comenzó como una alternativa económica, pero terminó convirtiéndose también en una forma de recuperar autonomía y propósito.
—No nos miren con pena; pregúntennos en qué pueden ayudarnos —expresó durante una conversación sostenida en el festival.
Su frase iba más allá de la promoción de una marca. Era un llamado a cambiar la manera en que la sociedad observa a quienes atraviesan enfermedades graves y a reconocer que, después del tratamiento, muchas personas todavía enfrentan barreras para volver a trabajar, emprender o participar plenamente en la vida económica.
En el FestiCoco, Elizabeth no solo exhibía productos. También compartía una historia de resistencia y dignidad.
Renacer mostraba que el emprendimiento no siempre nace de una oportunidad previamente planificada. En ocasiones surge de la urgencia por recuperar independencia, demostrar capacidades y abrirse paso en un entorno que no siempre ofrece segundas oportunidades.
Pero no todas las historias de esfuerzo comenzaban con la necesidad de iniciar de nuevo. Algunas venían de mucho antes, sostenidas durante años por la tradición, el trabajo familiar y la perseverancia cotidiana.
Tradición que alimenta generaciones
Si Elizabeth representa la capacidad de reconstruirse, Doña Miguela recuerda que también existen emprendimientos que sobreviven gracias a la constancia y al conocimiento transmitido de generación en generación.
Su caseta era fácil de encontrar.
El aroma del pan de maíz recién horneado conducía a los visitantes hasta un espacio donde los dulces tradicionales ocupaban el lugar principal. Conconetes, jalaos, dulces de coco y otras recetas elaboradas de manera artesanal despertaban recuerdos entre quienes se acercaban a probarlos.
Para muchos nagüeros, su nombre forma parte de esa memoria gastronómica.
Hace más de veinticinco años, cuando quedó sola al frente de su familia, encontró en la elaboración de dulces una forma de sostener su hogar y criar a sus hijos. Lo que comenzó como una necesidad terminó convirtiéndose en un oficio que hoy identifica su trayectoria.
A sus 74 años continúa preparando cada producto con hornos de leña y procedimientos tradicionales que ha conservado durante décadas. En tiempos en los que gran parte de la producción alimentaria se ha industrializado, ella mantiene técnicas que forman parte del patrimonio culinario de la provincia.
Más que vender dulces, Doña Miguela conserva una manera de hacer las cosas.
Cada receta resume años de experiencia, trabajo silencioso y dedicación. En cada preparación sobreviven sabores que han acompañado a varias generaciones de familias nagüeras.
Su presencia en el FestiCoco recordaba que el desarrollo no depende únicamente de la innovación. También necesita preservar aquellos conocimientos que han dado identidad a una comunidad.
Y esa combinación entre tradición e innovación era, precisamente, uno de los rasgos más visibles del festival.
Mientras algunos emprendedores experimentaban con nuevos productos derivados del coco, otros demostraban que el valor de ese fruto también reside en las prácticas heredadas que todavía encuentran espacio en la economía local.
Fue ese equilibrio entre pasado y futuro el que dio sentido a una feria donde convivieron artesanos, pequeños productores, instituciones públicas, inversionistas y familias alrededor de un mismo cultivo.
Del emprendimiento a una visión de desarrollo
Las historias de Wildiska, Elizabeth y Doña Miguela reflejan distintas maneras de relacionarse con el coco. Sin embargo, todas coinciden en un mismo punto: muestran que alrededor de este cultivo existe una economía que va mucho más allá de la producción agrícola.
Esa realidad también fue uno de los temas centrales del FestiCoco 2026.
Mientras los visitantes recorrían los estands y los emprendedores presentaban sus productos, el programa del festival reservó un espacio para debatir el futuro de la industria del coco en la República Dominicana. Productores, técnicos, autoridades, representantes del sector financiero e inversionistas analizaron los retos y las oportunidades de una actividad que atraviesa un proceso de transformación.

La agenda académica respondió a esa visión. Talleres sobre buenas prácticas agrícolas, creación de marcas, desarrollo empresarial y agroturismo compartieron espacio con demostraciones gastronómicas, conferencias y encuentros orientados a fortalecer toda la cadena de valor del coco.
Uno de los momentos más relevantes fue el conversatorio sobre el presente y el futuro del sector, en el que participaron representantes del Fondo Especial para el Desarrollo Agropecuario (FEDA), el Ministerio de Agricultura, el Banco Agrícola, productores locales e inversionistas nacionales e internacionales.
Durante ese encuentro, el director ejecutivo del FEDA, Hecmilio Galván Cruz, recordó que los primeros esfuerzos para reimpulsar el cultivo fueron recibidos con reservas por parte de algunos productores, quienes dudaban de que el coco pudiera recuperar el protagonismo económico que tuvo décadas atrás.
Según explicó, la ampliación de las plantaciones, el respaldo institucional y la continuidad de iniciativas como el FestiCoco han contribuido a reposicionar este cultivo dentro de la agenda agropecuaria nacional.
Pero el cambio más significativo no está únicamente en sembrar más cocoteros.
Está en descubrir nuevos usos para todo lo que produce la planta.
Más allá del fruto: agregar valor para competir
Durante muchos años, buena parte del valor comercial del coco estuvo concentrada en la pulpa, el agua y el aceite.
Hoy el mercado internacional demanda también la fibra, el polvo o coco peat, las astillas de la cáscara y otros subproductos que hasta hace poco eran considerados residuos del proceso industrial.
La razón responde a un cambio que ocurre mucho más allá de las fronteras dominicanas.
La horticultura moderna busca reducir progresivamente el uso de la turba (peat moss), un recurso natural cuya extracción genera preocupación ambiental en distintos países. Como alternativa, numerosas empresas han incrementado el uso de sustratos elaborados con fibra de coco, un material renovable que ofrece buena capacidad de retención de agua, adecuada aireación y estabilidad para el desarrollo de cultivos.
Ese cambio explica por qué empresas internacionales comenzaron a mirar hacia la República Dominicana.
Durante el conversatorio celebrado en el FestiCoco, representantes de la empresa danesa Pindstrup anunciaron la expansión de sus operaciones en el país mediante la adquisición de La Mundial del Coco, empresa ubicada en la provincia María Trinidad Sánchez.

La operación forma parte de la estrategia internacional de la compañía para fortalecer el suministro de materias primas renovables destinadas a la elaboración de sustratos agrícolas más sostenibles. Entre sus objetivos figura aumentar la participación de materiales alternativos a la turba dentro de sus productos, incorporando cada vez más fibra y derivados del coco.
Para los productores presentes, el anuncio representó mucho más que la llegada de un inversionista extranjero. Significó la posibilidad de ampliar el mercado para una materia prima que durante años fue utilizada principalmente como abono o simplemente desechada después del procesamiento del fruto.
La fibra del coco comenzaba así a ocupar un lugar distinto dentro de la economía del cultivo.
Lo que antes era considerado un residuo pasaba a formar parte de una industria con creciente demanda internacional.
Durante décadas, buena parte de la producción nacional se comercializó como fruto fresco o se destinó a usos tradicionales. Sin embargo, los emprendimientos y proyectos presentados durante el festival mostraron una realidad diferente.
El coco ya no solo se convierte en alimentos, también da origen a cosméticos, productos de higiene, artesanías, mobiliario, bebidas, sustratos agrícolas y una amplia variedad de artículos con mayor valor agregado.
Ese cambio beneficia tanto a los pequeños emprendedores como a la industria.
Mientras Wildiska encuentra oportunidades en la jícara y la madera del coco, Elizabeth incorpora su aceite como materia prima para elaborar jabones naturales y Doña Miguela mantiene vivas recetas tradicionales, empresas como Pindstrup encuentran en la fibra un insumo con creciente demanda internacional.
Cada uno trabaja sobre una parte distinta del mismo cultivo.
El festival reunió en un mismo espacio a agricultores, artesanos, pequeños empresarios, universidades, instituciones públicas e inversionistas privados para demostrar que el desarrollo del sector no depende de un único actor, sino de la articulación de toda la cadena productiva.
Más que presentar soluciones definitivas, el encuentro dejó abierta una conversación sobre el futuro del coco dominicano y sobre la necesidad de fortalecer la innovación, la capacitación y la industrialización como herramientas para generar empleo y dinamizar las economías locales.
Y esa visión de desarrollo tampoco quedó limitada al ámbito productivo.
Donde la cultura completa la experiencia
Recorrer el FestiCoco significaba pasar, en pocos minutos, de una conversación sobre producción agrícola a una demostración gastronómica; de un taller para emprendedores a la presentación de una banda infantil; de un estand de artesanías a un espacio donde niños y jóvenes descubrían nuevas formas de expresarse a través del arte.
Esa diversidad lo convirtió en una experiencia que trascendía el interés de productores y comerciantes.
Las demostraciones culinarias mostraron que el coco mantiene un lugar privilegiado en la cocina dominicana, no solo como ingrediente de recetas tradicionales, sino también como materia prima para nuevas preparaciones que amplían sus posibilidades de consumo.

La educación también encontró su espacio.
Instituciones como el Fondo Especial para el Desarrollo Agropecuario (FEDA), el Instituto Nacional de Formación Técnico Profesional (INFOTEP), la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD) y la Universidad Católica Nordestana (UCNE) desarrollaron talleres, conferencias y actividades orientadas al fortalecimiento del emprendimiento, la capacitación técnica y el desarrollo del sector agropecuario.
Pero el aprendizaje no ocurría únicamente dentro de los salones destinados a conferencias.
También estaba presente en los espacios dedicados a los más jóvenes.
Una fiesta para todas las generaciones
A lo largo del festival, niños y adolescentes ocuparon un lugar que iba más allá del papel de espectadores.
Las bandas infantiles y juveniles ofrecieron presentaciones que mostraron el trabajo realizado en centros educativos y academias del municipio, mientras los talleres de pintura dirigidos por el artista David Gil, los concursos de dibujo y las actividades recreativas invitaron a los más pequeños a participar activamente en la programación.

La presencia constante de familias reforzaba el carácter comunitario del evento.
Era frecuente ver a padres recorrer los estands con sus hijos, detenerse ante una exhibición artesanal, participar en una degustación gastronómica o hacer una pausa para escuchar alguna de las presentaciones musicales de la tarde.
Ese ambiente hacía que el FestiCoco resultara atractivo incluso para quienes no tenían una relación directa con la producción agrícola.
El festival lograba reunir en un mismo espacio a productores, emprendedores, estudiantes, artistas, profesionales, familias y visitantes alrededor de una actividad que, aunque nacía del coco, terminaba proyectando una imagen mucho más amplia de la provincia.
Y cuando terminaban las actividades académicas y los talleres, el protagonismo pasaba a la música.
Cuando cae la noche
Con la llegada de la noche, el Parque Duarte adquiría un ritmo distinto.




La tarima principal se convertía en el punto de encuentro de cientos de personas que llegaban desde distintos municipios de María Trinidad Sánchez y provincias cercanas para disfrutar de una programación artística que acompañó cada una de las jornadas del festival.
El merengue típico de Yovanny Polanco abrió la cartelera musical con un repertorio que animó la noche inaugural.
Posteriormente, el bachatero Nacho Estrella aportó un ambiente más íntimo, mientras que el exponente urbano Bulin 47 atrajo principalmente al público joven.
El cierre artístico estuvo a cargo del merenguero Ala Jaza, cuya presentación puso fin a cinco días de actividades que combinaron producción, capacitación, emprendimiento, cultura y entretenimiento.
La programación musical no funcionó únicamente como un atractivo para los asistentes.
También completó una propuesta que buscó mostrar al FestiCoco como un espacio donde la economía, la cultura y la identidad local podían convivir sin perder protagonismo unas frente a otras.
Concluidas las presentaciones y apagadas las luces de la tarima, quedaba la tarea más importante: convertir todo lo ocurrido durante esos cinco días en oportunidades que trascendieran el festival.
Más allá de un festival
Cuando las últimas notas musicales se apagaron y los expositores comenzaron a desmontar sus estands, el Parque Duarte recuperó poco a poco la tranquilidad habitual.
Las mesas donde durante cinco días se exhibieron artesanías, dulces, cosméticos, plantas, alimentos y productos elaborados con coco empezaron a vaciarse. Los visitantes regresaron a sus comunidades y los emprendedores volvieron a sus hogares con la expectativa de que los contactos, las ventas y las oportunidades generadas durante el festival se transformaran en resultados duraderos.
Pero el verdadero impacto del FestiCoco no termina cuando concluye la programación.
Permanece en las manos de artesanas como Wildiska, que continúa encontrando nuevas formas de aprovechar materiales que otros descartan; en emprendedoras como Elizabeth, que convirtió una experiencia personal difícil en un proyecto de vida; y en mujeres como Doña Miguela, cuya cocina mantiene vivas recetas que forman parte de la memoria colectiva de Nagua.
También permanece en los agricultores que buscan mejorar sus plantaciones, en los jóvenes que descubren oportunidades para emprender, en las instituciones que impulsan procesos de capacitación y en las empresas que comienzan a ver en la provincia un territorio con potencial para agregar valor a una de las principales riquezas agrícolas del país.
En una provincia que aporta más de una tercera parte de la producción nacional de coco, el desafío ya no consiste únicamente en producir más.
Consiste en transformar ese liderazgo agrícola en desarrollo económico, innovación, empleo y oportunidades para las comunidades que durante generaciones han vivido alrededor de este cultivo.
Quizá esa sea la mayor enseñanza del FestiCoco 2026.
El coco fue el punto de partida.
Pero, durante cinco días, quedó demostrado que detrás de cada fruto existe una cadena de conocimientos, oficios, emprendimientos, inversiones y tradiciones que hablan de la identidad de toda una provincia.
Y esa historia continúa mucho después de que el festival llega a su fin.














