Hay ideas que no envejecen porque nunca dejaron de tener razón. La corriente de pensamiento que José Francisco Peña Gómez sembró en el PRD —hoy heredada por el PRM— es una de ellas. No se trata de repetir su nombre como quien recita una oración aprendida, sino de detenernos a pensar con rigor qué significó realmente su manera de entender la política, y qué nos exige esa herencia hoy.
Una idea, no solo un nombre
Lo verdaderamente perdurable de Peña Gómez no fue su biografía, sino su pensamiento: una socialdemocracia pensada para la realidad dominicana, donde la libertad política y la justicia social no eran dos causas separadas, sino una sola. Esa fue su tesis central, y sostenerla le costó tensiones dentro de su propio partido, discusiones con Bosch, rupturas internas. No era una postura cómoda ni de consenso fácil; era una convicción que defendió incluso cuando resultaba más sencillo ceder.
Por eso llevó al PRD a la Internacional Socialista y lo insertó en el debate socialdemócrata mundial. Por eso insistió, convención tras convención, en la participación popular real dentro del partido —no de membrete, sino de asamblea y decisión efectiva—, en la alternabilidad en el poder como principio y no como excepción, en el fortalecimiento de los gobiernos locales, y en un concepto que él mismo bautizó como “gobierno compartido”: la idea de que gobernar bien es gobernar dialogando, no imponiendo.
Si hay una fibra que atraviesa todo ese pensamiento, es esta: un proyecto político solo se justifica si mejora la vida de quien menos tiene. No la política como fin en sí misma, sino como herramienta al servicio del barrio, del campo, de la mujer trabajadora, del dominicano que emigra buscando lo que no encuentra en casa. Esa prioridad —la gente antes que el poder por el poder— es el legado más exigente que nos dejó, precisamente porque no se hereda solo con nombrarlo: hay que demostrarlo con hechos, y eso es lo que corresponde examinar con ojo crítico, no con automatismo.
Aquí es donde la reflexión deja de ser histórica y se vuelve una exigencia del presente. Si de verdad creemos que ese pensamiento sigue vigente, cabe preguntarnos con honestidad —y sin la comodidad de la respuesta fácil— si lo estamos sosteniendo con nuestras acciones. ¿La gestión que hoy representa el PRM en el gobierno de Luis Abinader responde a esa misma vocación de institucionalidad, transparencia y prioridad social que Peña Gómez defendió toda su vida? ¿En qué aspectos hay continuidad real, y en cuáles queda camino por recorrer?
Y la respuesta es SI!
Esa doble pregunta importa porque la continuidad de un proyecto político no se sostiene con la nostalgia de sus fundadores, sino con la coherencia de quienes lo continúan. Defender la gestión de un gobierno no debería ser un acto de fidelidad partidaria automática, sino una conclusión razonada de quien entiende de dónde viene esta corriente, qué exige y hacia dónde debería seguir caminando. El pensamiento de Peña Gómez no fue un catecismo cerrado: fue una herramienta de análisis constante de la realidad, y esa es, quizás, la manera más fiel de aplicarlo hoy —no como consigna, sino como criterio.
Honrar esa herencia, entonces, no es un ejercicio de memoria sino de exigencia: hacia el gobierno, hacia el partido, y hacia cada quien que se reclama heredero de esa corriente. Pensar a Peña Gómez con seriedad es, sobre todo, negarse a convertirlo en un símbolo vacío.
Aaron Hernández, político e ingeniero. Residente en Nagua, María Trinidad Sánchez.















