La crítica pierde autoridad cuando quien la formula tuvo durante años la oportunidad de cambiar la realidad y no lo hizo.
Las declaraciones de Leonel Fernández sobre el estado de la salud pública dominicana obligan a una reflexión necesaria, no desde la emoción ni desde la militancia, sino desde la memoria histórica y la coherencia política.
Leonel Fernández gobernó la República Dominicana durante más de diez años, en distintos períodos, con estabilidad institucional, control político y amplio margen de maniobra para ejecutar reformas estructurales. No se trató de un presidente limitado por coyunturas excepcionales ni por bloqueos legislativos, fue, por el contrario, uno de los mandatarios con mayor acumulación de poder político desde el retorno a la democracia.
Sin embargo, cuando se revisa con honestidad el legado de esos años en materia de salud pública, resulta difícil identificar transformaciones profundas, políticas emblemáticas o cambios estructurales que hayan alterado de manera sostenible la realidad del sistema. Los hospitales siguieron arrastrando déficits históricos, la atención primaria nunca se consolidó como columna vertebral del modelo sanitario, y la precariedad en la infraestructura y en las condiciones del personal médico continuó siendo parte del día a día.
La salud pública no fue una prioridad estratégica, sino un problema recurrente administrado a base de paliativos, promesas y soluciones parciales. No hubo una reforma integral del sistema, ni una visión de largo plazo que permitiera blindarlo frente a crisis futuras. Ese es un hecho verificable, más allá de cualquier simpatía o antipatía política.
Por eso, cuando hoy se habla de “desplome” del sistema desde la voz de quien tuvo en sus manos la posibilidad de fortalecerlo y no lo hizo, la crítica pierde fuerza moral. No porque señalar problemas sea incorrecto, sino porque la autoridad para hacerlo se construye con coherencia entre el decir y el hacer.
La diferencia con el momento actual no está en el discurso, sino en la acción. Hoy existe una política pública clara orientada al fortalecimiento del sistema nacional de salud, con intervenciones directas, supervisión constante y una gestión que baja al terreno. Hay un director del Servicio Nacional de Salud que recorre hospitales, identifica fallas y toma decisiones inmediatas, sin esperar que la burocracia convierta la urgencia en abandono.
Los problemas estructurales no se resuelven con frases impactantes ni con diagnósticos tardíos, se enfrentan cuando se gobierna, cuando se tiene la responsabilidad histórica y cuando el poder está al alcance de la mano.
A Leonel Fernández esa oportunidad le fue concedida en más de una ocasión, y los resultados forman parte del balance público de su gestión.
En política, la memoria no es opcional. Quien no resolvió cuando pudo, difícilmente puede erigirse hoy en juez del problema, porque la crítica sin coherencia no construye; solo intenta reescribir el pasado, y, frente a eso, el país no necesita más discursos, necesita verdad, responsabilidad y, a veces, silencio.
Por: Amaury Reyna Liberato, Comunicador. Residente en El Factor, María Trinidad Sánchez














