Escrito por Ruth Peña. Residente en Nagua, María Trinidad Sánchez
En 2004, la República Dominicana vivía una de las crisis económicas más severas de su historia reciente. Tres bancos —Baninter, Banco Mercantil y Bancrédito— se habían desplomado, provocando un agujero financiero de dimensiones catastróficas, una inflación acumulada que superó el 51 %, una devaluación acelerada del peso dominicano y un clima generalizado de inestabilidad. A ese escenario se sumaba la fractura interna del Partido Revolucionario Dominicano (PRD), envuelto en tensiones por la búsqueda de reelección del entonces presidente Hipólito Mejía, lo que desgastó su capacidad de cohesión y su autoridad moral frente al electorado.
Era un país golpeado, confundido y desesperado. Y en medio del caos, surgió una narrativa política perfectamente diseñada: República Dominicana como una damisela en apuros, y Leonel Fernández como el príncipe de brillante armadura montado en el caballo de la esperanza. El marketing político, afinado como pocas veces, supo leer el pulso ciudadano, convertir la frustración en consigna y canalizar el malestar en un mensaje directo: “E’ pa’ fuera que van”. Y aún más: “Ojalá que vuelva Leonel al mando”.
Fernández supo formular las preguntas precisas para provocar la respuesta esperada. “¿Quién te subió la leche? ¿Quién te subió el pan? ¿Quién te subió el arroz?”. El pueblo, eufórico y hambriento de cambio, respondía al unísono: “El PRD”.
Fue una estrategia quirúrgicamente planificada. Funcionó. Y no solo funcionó: arrasó. Con 57 % en primera vuelta, Leonel Fernández volvió al poder impulsado por una combinación de memoria, necesidad, miedo y esperanza. El país encontró un culpable y, con él, un salvador.
Pero ese país ya no existe.
Hoy, más de 20 años después, con un escenario político, económico y social completamente distinto, Leonel Fernández insiste en desempolvar el mismo libreto de 2004. Repite el guion emocional que en aquel entonces le garantizó la victoria, como si la República Dominicana estuviera nuevamente al borde del colapso, como si las condiciones que llevaron al país a elegirlo se hubieran congelado en el tiempo.
No solo es un error estratégico; es un síntoma preocupante.
Porque apelar a aquel discurso es, en esencia, reconocer que sus 12 años de gobierno no lograron producir transformaciones estructurales capaces de resistir el paso del tiempo. Si hoy el país fuera la misma “damisela en apuros” que en 2004, la conclusión sería evidente: quien gobernó entonces no resolvió aquello que decía venir a resolver.
Pero la realidad económica actual cuenta otra historia.
Hoy el país exhibe estabilidad macroeconómica sostenida. Durante la última década, República Dominicana ha sido una de las economías de mayor crecimiento en América Latina, con un promedio cercano al 5 % anual. La inflación, que en 2004 era un monstruo descontrolado, ronda hoy el 4.23 %. El desempleo se mantiene en niveles históricamente bajos, alrededor del 5 %. A esto se añade una economía más diversificada, un sector turístico robusto, un clima de inversión relativamente estable y un sistema financiero fortalecido precisamente por la experiencia traumática de aquel colapso bancario.
¿Existe inconformidad social? Por supuesto. El dominicano, por tradición y cultura, siempre hablará del costo de la vida. Pero en términos técnicos, la narrativa del colapso económico es insostenible. No hay correlato entre el discurso de Fernández y el estado real del país. No hay crisis bancaria. No hay devaluación desbordada. No hay inflación fuera de control. No hay un sentimiento colectivo de inminente derrumbe económico.
Lo que sí hay es un candidato que intenta activar emociones del pasado en un presente que no responde a esos estímulos.
En su afán de revivir sus años de gloria, Leonel Fernández ha terminado ignorando su propio legado intelectual. Su figura, históricamente asociada a la modernización del Estado, al pensamiento estratégico y al análisis global, hoy queda reducida a un estribillo que no conecta con las preocupaciones actuales del electorado.
No hay una lectura fina del momento político. No hay actualización del mensaje. No hay sintonía con las demandas reales del ciudadano contemporáneo, y, sobre todo, no hay una oposición que comprenda la evolución de la sociedad dominicana.
Ante un país que se mueve hacia el debate tecnológico, la seguridad ciudadana, la calidad institucional, el empleo juvenil, la desigualdad regional, el acceso a vivienda y la mejora de servicios esenciales, la Fuerza del Pueblo insiste en un discurso de precios que ya no articula la emocionalidad colectiva.
Es nostalgia política disfrazada de proyecto.
Y la nostalgia, cuando no se acompaña de propuestas viables, se convierte en un boomerang.
Si la Fuerza del Pueblo continúa aferrada a una estrategia anclada en 2004, su fracaso es prácticamente inevitable. La política, como la historia, no perdona a quienes se quedan atrapados en el tiempo. El país cambió. La gente cambió. Las preocupaciones cambiaron. La conversación política cambió.
Solo quien entiende el presente puede aspirar a dirigir el futuro.
Y hoy, Leonel Fernández —el mismo que un día cabalgó como héroe— parece avanzar, no hacia adelante, sino hacia atrás, confiando en que el eco del pasado sea suficiente para abrirle las puertas del porvenir.
Pero el electorado dominicano del 2025 no es el del 2004. Y votar mirando por el retrovisor nunca ha sido una estrategia ganadora.














