Reflexionar sobre el pensamiento de Juan Pablo Duarte desde el ejercicio del periodismo no es un acto de evocación histórica ni una concesión retórica propia de las efemérides. Es, en realidad, una necesidad ética en un tiempo donde la palabra pública enfrenta presiones, distorsiones y silencios que ponen a prueba la calidad de nuestra democracia y la responsabilidad de quienes ejercen el oficio de informar.
Es 26 de enero, y la figura de Juan Pablo Duarte vuelve al centro del discurso nacional como Padre de la Patria y arquitecto del ideal republicano dominicano. Sin embargo, pocas veces se examina con la profundidad necesaria qué significa su pensamiento para los oficios que hoy sostienen la vida democrática, entre ellos el periodismo y el trabajo de prensa. La pregunta es legítima: ¿tiene Duarte algo que decirle al periodismo contemporáneo? La respuesta, lejos de ser simbólica, es afirmativa y urgente.
Duarte no fue periodista en el sentido formal del término, pero fue, sin duda, un hombre de ideas, de palabra y de conciencia pública. Comprendió que la libertad no se sostiene únicamente con gestas heroicas, sino con ciudadanos informados, críticos y comprometidos con el destino colectivo. Esa comprensión convierte su pensamiento en una referencia ineludible para quienes hoy tienen la responsabilidad de informar, interpretar y explicar la realidad.
El pensamiento duartiano coloca la libertad como eje central de la vida republicana. No una libertad abstracta ni ornamental, sino una libertad concreta, vinculada a la soberanía, la dignidad humana y el derecho del pueblo a decidir su destino. En ese marco, la información y la palabra pública se convierten en herramientas esenciales de emancipación. Allí donde se limita la verdad, se distorsiona la información o se silencia lo que incomoda al poder, la República comienza a erosionarse.
Desde esa lógica, el periodismo no puede ser visto como un simple ejercicio técnico ni como una actividad neutral en términos morales. Informar es un acto político en el sentido más noble del término: implica intervenir en el espacio público para garantizar que la ciudadanía tenga acceso a los hechos, a los contextos y a las decisiones que afectan su vida. Duarte entendió que un pueblo desinformado es un pueblo vulnerable. El periodismo, entonces, se convierte en una extensión contemporánea de esa lucha por la conciencia nacional.
La historia de La Trinitaria revela que la independencia dominicana no se construyó únicamente desde la acción armada o conspirativa, sino desde la circulación de ideas, la formación de criterios y la construcción de un proyecto común de nación. Ese componente intelectual y comunicacional del movimiento independentista guarda una relación directa con el rol que hoy desempeña la prensa. El periodista, al igual que el trinitario de entonces, trabaja con ideas, con narrativas y con interpretaciones que influyen en la forma en que la sociedad se comprende a sí misma.
Uno de los aportes más contundentes del pensamiento duartiano al periodismo es su énfasis en la ética personal y el decoro público. Duarte vivió y actuó con una coherencia que lo llevó al sacrificio personal, al exilio y a la renuncia de beneficios inmediatos en favor de un ideal superior. Esa conducta interpela de manera directa a los trabajadores de la prensa en un contexto donde las presiones económicas, políticas y mediáticas pueden desviar el ejercicio informativo de su función social.
El periodismo pierde su razón de ser cuando se subordina al interés particular, cuando se convierte en instrumento de propaganda o cuando negocia la verdad a cambio de privilegios. Desde la óptica duartiana, la independencia no es solo territorial, sino también moral. Un periodista dependiente del poder, del favor o del miedo, difícilmente puede cumplir su rol como garante del derecho ciudadano a saber.
Otro elemento central del pensamiento de Duarte es su concepción del pueblo como sujeto soberano. La República que imaginó no estaba diseñada para una élite ilustrada, sino para una ciudadanía activa, consciente y participativa. Ese principio encuentra en el periodismo un aliado natural. Informar no es un favor; es una obligación democrática. El acceso a información veraz, completa y contextualizada es una condición indispensable para que el pueblo ejerza su soberanía de manera real y no simbólica.
Cuando la información se oculta, se fragmenta o se manipula, se le arrebata al ciudadano la posibilidad de decidir con libertad. En ese sentido, el silencio informativo también es una forma de violencia política. El pensamiento duartiano nos recuerda que la patria no se defiende solo con discursos patrióticos, sino con prácticas cotidianas que fortalezcan la institucionalidad y la transparencia.
En el ejercicio periodístico contemporáneo existe, además, una confusión frecuente entre objetividad e indiferencia. Duarte no fue indiferente frente a la injusticia, la opresión ni la amenaza a la soberanía. Su pensamiento no admite la neutralidad frente a aquello que compromete la dignidad nacional. Trasladado al periodismo, esto implica comprender que la objetividad no consiste en mirar hacia otro lado, sino en abordar los hechos con rigor, equilibrio y honestidad intelectual, sin renunciar a los valores republicanos.
El periodista no está llamado a ser militante partidario, pero sí ciudadano comprometido con la verdad, la legalidad y los derechos fundamentales. Callar ante la corrupción, relativizar el abuso de poder o banalizar la desigualdad es una forma de traicionar el espíritu de la República que Duarte concibió.
En tiempos de sobreinformación, noticias falsas y polarización extrema, el pensamiento duartiano adquiere una vigencia particular. La responsabilidad del periodismo no se reduce a publicar primero, sino a publicar mejor. A verificar, contextualizar y explicar. A resistir la tentación del sensacionalismo y la manipulación emocional. A recordar que cada palabra publicada contribuye, para bien o para mal, a la construcción del imaginario colectivo.
Para los trabajadores de la prensa dominicana, volver a Duarte no debe ser un ejercicio ceremonial ni una referencia obligada de calendario. Debe ser una reflexión profunda sobre el sentido del oficio, sobre los límites éticos del ejercicio informativo y sobre el compromiso con una patria que se construye también desde la palabra responsable.
El pensamiento duartiano aporta al periodismo una brújula moral en medio de la incertidumbre. Nos recuerda que la libertad conquistada debe ser defendida cada día, que la verdad tiene un costo y que el silencio también comunica. Defender la información veraz, ejercer la crítica con responsabilidad y servir al interés público es, en esencia, una forma contemporánea de honrar el legado de Duarte.
En un país que aún enfrenta desafíos estructurales en materia de institucionalidad, transparencia y calidad democrática, el periodismo tiene una misión que trasciende la rutina diaria. Informar con rigor es también un acto de amor a la patria. Y en ese compromiso, el pensamiento de Duarte sigue siendo una guía vigente, necesaria y profundamente actual.














