El inicio de un nuevo año editorial no es un acto simbólico: es una toma de posición frente al país, frente a la provincia y frente a la historia.
Cambia el calendario, se renuevan las agendas y se multiplican los discursos de buenos deseos. Sin embargo, el paso de un año a otro no transforma por sí mismo la realidad. Los problemas estructurales que afectan a la República Dominicana y a sus provincias no se disuelven con fuegos artificiales ni con mensajes optimistas de ocasión. Estos persisten, y, precisamente por eso, el periodismo tiene la obligación de comenzar el año con los ojos abiertos.
Iniciar un año editorial implica asumir una responsabilidad que va más allá de la rutina informativa. Significa definir desde qué lugar se observa la realidad, a quién se responde y cuáles límites no se están dispuestos a cruzar. En tiempos de saturación informativa, de redes sociales convertidas en trincheras emocionales y de desconfianza generalizada hacia las instituciones, el periodismo no puede permitirse la ambigüedad ni el silencio cómodo.
Este periódico inicia el año consciente de que el contexto nacional y local exige más rigor, más profundidad y más carácter. La política continúa marcada por la confrontación estéril, la economía por una desigualdad que se siente con mayor fuerza en los territorios fuera de los grandes centros urbanos, y la gestión pública local por carencias históricas que rara vez ocupan la agenda nacional. A esto se suma una ciudadanía cansada de promesas recicladas y de narrativas oficiales que muchas veces no resisten el contraste con la realidad cotidiana.
Existe una brecha evidente entre el país que se describe en discursos oficiales y el país que viven miles de dominicanos en su día a día. Esa distancia se percibe con mayor claridad en las provincias, donde la precariedad de los servicios, la informalidad económica y la falta de planificación siguen siendo parte del paisaje. El periodismo local no puede ser indiferente a esa contradicción ni limitarse a reproducir declaraciones sin contexto.
Comenzar el año editorial implica reconocer que informar no es amplificar voces por inercia, sino someterlas al escrutinio público. No se trata de antagonizar por sistema ni de asumir posturas militantes, sino de ejercer el derecho ciudadano a saber qué se hace, cómo se hace y con qué resultados. El poder, en cualquiera de sus expresiones, debe ser observado con distancia crítica, no con reverencia.
La independencia editorial no puede ser un lema decorativo. Es una práctica diaria que se demuestra en la selección de temas, en el tratamiento de las informaciones y en la coherencia entre lo que se publica hoy y lo que se publicó ayer. Un medio independiente no es el que ataca a todos por igual, sino el que no negocia su criterio a cambio de cercanía, favores o publicidad.
Este año editorial se inicia con una convicción clara: este periódico no será parte de la propaganda de nadie ni asumirá el rol de opositor automático. Acompañará los procesos que beneficien a la gente cuando los hechos lo confirmen y señalará las fallas cuando sea necesario, aun cuando eso implique incomodar. La credibilidad no se construye desde la complacencia, sino desde la coherencia.
En las provincias, el periodismo enfrenta retos particulares. La cercanía con los actores de poder, las presiones sociales, las relaciones personales y la fragilidad económica de muchos medios suelen condicionar el ejercicio informativo. Sin embargo, también es en lo local donde el periodismo puede tener mayor impacto real, porque es ahí donde las decisiones públicas afectan de manera directa la vida de la gente.
Este año editorial será una apuesta por fortalecer el periodismo de cercanía sin caer en el amiguismo, por documentar los procesos municipales con memoria histórica y por dar seguimiento a los temas que suelen desaparecer una vez pasa el titular inicial. La fiscalización no es persecución; es una función democrática esencial.
La rapidez con la que circula la información ha reducido, en muchos casos, la profundidad del análisis. Titulares diseñados para provocar reacciones inmediatas sustituyen a explicaciones necesarias. Este periódico asume el compromiso de ir a contracorriente de esa lógica. Menos ruido y más contexto. Menos espectáculo y más datos. Menos improvisación y más verificación.
El inicio del año editorial es también una invitación a elevar el nivel del debate público. A discutir ideas y decisiones, no personas. A exigir argumentos donde solo hay consignas. A recordar que la democracia no se fortalece con aplausos automáticos ni con indignaciones fugaces, sino con información sólida y ciudadanía activa.
El periodismo no se ejerce en el vacío. Requiere lectores críticos, dispuestos a informarse más allá del titular y a cuestionar incluso aquello que confirma sus propias creencias. Este año editorial convoca al lector a asumir un rol activo, a entender que informarse es un acto de responsabilidad cívica y que la indiferencia también tiene consecuencias.
Este periódico inicia el año sin prometer milagros ni cambios inmediatos, pero con una promesa que sí puede cumplir: ejercer el periodismo con rigor, independencia y sentido público. No para agradar, sino para servir. No para acompañar al poder, sino para vigilarlo. No para adormecer conciencias, sino para mantenerlas despiertas.
Porque cambiar de año no basta, lo que verdaderamente importa es no cerrar los ojos.















