Durante dos décadas fue promesa, pero hace cinco años, comenzó a hacerse realidad. El malecón de Nagua encarna una vieja deuda social que el Estado dominicano había archivado bajo el polvo de la indiferencia política.
En esta franja costera donde el mar a veces parece más cercano que muchos de los políticos que nos han gobernado, la historia del malecón de Nagua ha sido un espejo de la política dominicana: largos años de anuncios, estudios, primeros palazos y ninguna ejecución real. Entre el cansancio y la incredulidad, quienes habitamos esta ciudad del nordeste aprendimos a mirar con desconfianza cada titular que prometía la “gran obra que transformará Nagua”.
Durante más de veinte años, esa transformación nunca llegó, pues los gobiernos de Leonel Fernández y Danilo Medina repitieron la promesa, pero el terreno siguió igual: un borde costero erosionado, sin protección ni desarrollo, que cada temporada ciclónica recordaba lo vulnerable que seguía siendo este pueblo de Nagua.
Fue en 2021, bajo la administración de Luis Abinader, cuando los equipos comenzaron a moverse. No se trató de un anuncio más: los equipos, el relleno y los muros de contención marcaron el inicio real de una obra que había sobrevivido a dos décadas de discursos.
Con una inversión estimada en más de RD$2,700 millones, el proyecto busca cumplir una doble función, por un lado, servir de infraestructura vial y por otro de defensa costera frente a la amenaza del mar.
Cinco años después, la obra avanza a ritmo constante, aunque no sin críticas. En las redes sociales se multiplican las quejas sobre la lentitud, pero pocas veces se recuerda que durante veinte años la obra ni siquiera existía como tal. Lo que hoy se ve —muros, rellenos, equipos pesados, canalización— simplemente no se veía antes.
El contraste con el pasado no necesita exageraciones. Durante los gobiernos anteriores, el malecón de Nagua fue recurrente en los discursos del desarrollo provincial, pero nunca pasó de la etapa de planificación. En 2014, una resolución del Senado pidió reiniciar los trabajos, pero no ocurrió. Años más tarde, en 2018, se mencionó de nuevo, sin ejecución.
Cada gobierno lo enarboló como promesa electoral, pero ninguno logró convertirlo en obra. Esa secuencia de aplazamientos generó una deuda simbólica con la provincia de María Trinidad Sánchez, y con ella, la sensación de que el litoral norte estaba fuera del mapa de las prioridades nacionales.
Por eso, cuando Abinader ordenó el inicio de la construcción en 2021, la reacción local fue una mezcla de esperanza y escepticismo. Los que habitamos esta provincia, habíamos visto demasiadas maquetas para creer sin reservas. Pero el tiempo, y el concreto, han ido cambiando esa percepción.
Las críticas actuales sobre la lentitud no son infundadas, pero tampoco pueden aislarse del contexto. Y es que, medir la ejecución del malecón solo por el calendario es injusto con la magnitud técnica del proyecto. No se trata de un paseo de aceras y faroles, esa obra es una infraestructura compleja, levantada sobre un terreno costero inestable, que requiere drenaje, relleno, compactación y obras de protección marina. Los retrasos tienen un costo político, sí, pero también son reflejo de una apuesta por hacer una obra estructural y no cosmética.
La lentitud relativa puede irritar a quienes miran la obra desde la urgencia electoral o la expectativa social inmediata. Pero frente a veinte años de nada, cinco años de ejecución real significan un salto histórico.
El malecón de Nagua no es una obra cualquiera. Representa una vieja deuda con una región históricamente marginada del desarrollo costero nacional. Durante años, las provincias del norte vieron crecer inversiones turísticas y urbanas en otros puntos, mientras su litoral se convertía en frontera vulnerable.
Hoy, esa deuda comienza a pagarse. No porque la obra esté terminada, sino porque está en marcha. Por primera vez, la línea costera de Nagua está siendo transformada en un espacio de protección y desarrollo urbano. Lo que antes era símbolo de abandono hoy se convierte, poco a poco, en testimonio de ejecución.
Detrás de los números y los plazos, hay un hecho político, que el malecón de Nagua muestra que la gestión pública puede romper con la inercia del anuncio vacío. La obra no solo avanza, sino que redefine el vínculo entre el Estado y un pueblo que había perdido la confianza en la palabra de aquellos que gobernaban.
El desafío ahora no es solo terminarlo, sino mantener la transparencia, el ritmo y la conexión con la ciudadanía. Porque una obra pública no se mide únicamente por el hormigón, sino por el impacto que deja en la vida cotidiana de la gente.
El malecón de Nagua no borra el pasado, pero lo confronta. Es la prueba de que una deuda social puede empezar a saldarse cuando la voluntad política se traduce en acción. Cinco años después, Con Luis Abinader, donde antes había mar y promesas, hoy hay estructuras, muros y avances visibles.
Falta camino por recorrer, sí, pero esta vez hay camino y para una ciudad que esperó veinte años… y eso no es poco.
Por Yiraldy Hernández. Abogada y comunicadora. Residente en El Factor.















