La incorporación de figuras con historial represivo a la dirección de la Fuerza del Pueblo plantea un cambio de rumbo en el liderazgo de Fernández: del reformismo liberal que modernizó al país en los años 90 hacia una estrategia de poder anclada en el autoritarismo y la fuerza. Un riesgo para la democracia y una señal de alerta para la juventud dominicana.
Durante más de tres décadas, Leonel Fernández ha sido una de las figuras más influyentes de la política dominicana. Su primer gobierno marcó una ruptura con el pasado inmediato, impulsando la modernización del Estado, la expansión de la tecnología y la apertura económica. Para muchos, su liderazgo simbolizó el tránsito del país hacia una democracia más institucional y una economía de servicios conectada al mundo.
Sin embargo, recientes decisiones políticas del expresidente y líder de la Fuerza del Pueblo (FP) han despertado preocupación entre analistas y sectores democráticos. La incorporación a la dirección nacional de figuras como Pedro de Jesús Candelier y Guillermo Guzmán Fermín —ambos exjefes de la Policía Nacional con historial de denuncias por violaciones a los derechos humanos— plantea interrogantes sobre la orientación ideológica del proyecto político de Fernández.
Candelier dirigió la Policía Nacional en 1999, un periodo en el que, según registros de prensa y organismos de derechos humanos, se reportaron más de doscientas muertes en supuestos “intercambios de disparos”. Guzmán Fermín, quien también ocupó la jefatura policial años después, dejó un balance similar de denuncias y críticas. Ambas gestiones fueron objeto de observaciones por parte del Consejo Nacional de los Derechos Humanos (CNDH) y organizaciones internacionales.
Su incorporación a la dirección política de la Fuerza del Pueblo, aprobada recientemente por consenso interno, marca un punto de inflexión. Más que un simple movimiento partidario, se trata de un gesto que podría redefinir la identidad política de la organización, desplazándola del centro reformista hacia posiciones de orden y fuerza propias de la derecha autoritaria.
En los años noventa, Leonel Fernández se presentó como el rostro del cambio institucional: promotor de la gobernabilidad democrática, el diálogo político y la modernización del Estado. No obstante, su actual estrategia sugiere un giro pragmático en busca de control territorial y estructura de poder. En un escenario electoral cada vez más competitivo, Fernández parece apostar por consolidar apoyos en sectores conservadores, militares y policiales, incluso a costa de su imagen liberal.
Esa decisión no pasa inadvertida. En sociedades donde la democracia se construye sobre frágiles equilibrios institucionales, el riesgo de normalizar figuras asociadas a la represión o la violencia estatal no solo afecta la percepción pública, sino que puede erosionar los avances en materia de derechos y transparencia.
La República Dominicana ha recorrido un largo camino desde los años de represión política y autoritarismo. La consolidación del sistema de partidos, la alternancia pacífica y la libertad de expresión son logros que no deben darse por sentados.
La poaible vuelta al poder de proyectos políticos que se apoyen en estructuras de fuerza, más que en instituciones, representa un desafío para esa evolución democrática.
Más allá de nombres o simpatías, el mensaje que envía la Fuerza del Pueblo con estas designaciones debe analizarse con seriedad: ¿es compatible el discurso de la modernidad y la democracia con el retorno de símbolos del autoritarismo institucional? ¿O se está gestando una nueva coalición que prioriza el control y la disciplina por encima del debate y la participación?
Las generaciones jóvenes —que no vivieron las décadas de represión, pero que aspiran a un país más transparente y participativo— tienen un papel esencial en este debate. El silencio o la indiferencia frente a estos movimientos podría abrir espacio a un retroceso político. La renovación democrática depende, en gran medida, de la capacidad de la juventud para exigir coherencia, respeto a los derechos y prácticas políticas más abiertas.
Leonel Fernández conserva un lugar relevante en la historia reciente del país. Su papel en la modernización del Estado es innegable. Pero su legado podría verse comprometido si se consolida un liderazgo apoyado en la fuerza y no en las ideas.
La democracia dominicana necesita estadistas, no caudillos; diálogo, no imposición; instituciones fuertes, no nostalgias de autoridad. El desafío para Fernández —y para todo el sistema político— es demostrar que el poder puede ejercerse sin retroceder en libertades ni en derechos.
Por Amaury Reyna Liberato, comunicador. Residente en María Trinidad Sánchez















