Por Amaury Reyna Liberato. Comunicador. Residente en María Trinidad Sánchez.
El apagón nacional que afectó a la República Dominicana el pasado martes no solo puso a prueba la estabilidad del sistema eléctrico, sino también la capacidad del Gobierno para manejar comunicacionalmente una crisis súbita, visible y altamente sensible. En cuestión de minutos, el país quedó paralizado: el Metro y el Teleférico salieron de servicio, comercios quedaron a oscuras, hospitales activaron sus plantas de emergencia, y las redes sociales se inundaron de incertidumbre. La reacción oficial, en consecuencia, se convirtió en un elemento tan crucial como la recuperación técnica del sistema.
Desde las primeras horas de la avería, la Empresa de Transmisión Eléctrica Dominicana (ETED) emitió información preliminar sobre el origen del incidente, atribuyéndolo a una falla en la subestación de San Pedro de Macorís que provocó una caída en cadena del sistema. Aunque en un principio los detalles fueron escasos, el Gobierno logró establecer un flujo comunicacional suficientemente constante como para evitar que el vacío informativo fuera llenado por especulaciones, teorías improvisadas o noticias falsas. En un país donde la velocidad del rumor supera la del restablecimiento energético, esa primera reacción resultó determinante.
Uno de los aciertos más notorios fue la presencia visible de autoridades del sector eléctrico. El ministro de Energía y Minas, Joel Santos, junto con directivos de la Superintendencia de Electricidad y de ETED, se mantuvo en el frente comunicacional, ofreciendo actualizaciones y transmitiendo la idea de que las instituciones estaban en control de la situación. Esa exhibición de liderazgo técnico y político sirvió para enviar un mensaje de orden en medio del desconcierto, especialmente en una jornada donde miles de ciudadanos quedaron sin acceso a información confiable más allá de sus teléfonos móviles.
Sin embargo, el manejo comunicacional no estuvo exento de debilidades. Aunque se informó sobre el origen del evento, no se ofreció con claridad un estimado del tiempo de restablecimiento. La población, acostumbrada a la inmediatez, se encontró con la frustración de no saber si se trataba de un apagón de minutos, horas o de un problema estructural más prolongado. Esa ausencia de horizonte alimentó la ansiedad y dejó espacio para interpretaciones dispares, especialmente en las redes, donde algunos sectores comenzaron a politizar la emergencia al filo del oportunismo.
También se evidenció una dispersión en los voceros. Si bien varias autoridades salieron a dar explicaciones, no hubo una figura única que centralizara la comunicación, como suele recomendarse en protocolos de manejo de crisis. Cuando muchas voces hablan a la vez, aunque todas digan lo correcto, el mensaje pierde cohesión, fuerza y claridad. En situaciones nacionales como esta, lo ideal es que el país identifique un rostro, un tono y un canal oficial que dirija la narrativa y evite contradicciones, por mínimas que sean.
Pese a esos matices, hay un elemento que merece ser subrayado: el Gobierno logró transmitir calma. En un contexto de incertidumbre, donde la ciudadanía teme que una falla eléctrica pueda derivar en problemas de seguridad, interrupciones críticas o un colapso más profundo, el discurso oficial consiguió instalar la idea de que el sistema estaba bajo supervisión técnica permanente y que los equipos trabajaban de forma continua para restablecer el servicio. Ese mensaje, repetido con disciplina, fue quizá el componente más eficaz para contener la ansiedad colectiva.
Aun así, este episodio deja lecciones evidentes. La primera es la necesidad de fortalecer los protocolos de comunicación de crisis, con un centro de información unificado que ofrezca actualizaciones periódicas, incluso cuando no haya grandes novedades que comunicar. La segunda es la importancia de explicar no solo lo que ocurrió, sino lo que se está haciendo para evitar que vuelva a ocurrir. La tercera es que la ciudadanía necesita indicaciones claras sobre cómo actuar durante eventos de gran escala, no solo para protegerse, sino para convertirse en parte activa de la solución.
El apagón del martes recordó que, en la era digital, una crisis es tan grande como la capacidad de comunicarla bien. Y aunque la reacción del Gobierno fue razonablemente efectiva, todavía queda camino por recorrer para lograr una comunicación verdaderamente estratégica, que no solo informe y tranquilice, sino que construya confianza sostenida en las instituciones.
Al final, cuando se apaga la energía, lo único que queda encendido —y que nunca debería fallar— es la claridad del mensaje.















