Una imagen vale más que mil palabras, sobre todo cuando retrata la indiferencia colectiva ante el orden público.
No hace falta que sea hora pico ni que haya un agente de tránsito cerca para entender por qué nuestras calles son un caos. A veces, basta una sola imagen para resumir lo que somos como sociedad frente a las normas. En el parqueo del Polideportivo de Nagua, un vehículo ocupa parcialmente la acera y bloquea el paso peatonal, evidenciando lo que a diario se repite en cada esquina: la falta de conciencia ciudadana.
Este no es un caso aislado. Es la muestra visible de una cultura donde las reglas de convivencia parecen opcionales. Muchos se indignan ante los retenes de la DIGESETT o los aumentos en las multas, pero pocos se detienen a pensar que los principales infractores somos nosotros mismos. El problema del tránsito no siempre está en la autoridad, ni en la ley, ni en la falta de semáforos; está en la forma en que asumimos la vida en comunidad.
Durante décadas, el sistema educativo dominicano ha dejado en el olvido la formación cívica. Se enseña a sumar, a leer y a memorizar fechas históricas, pero no a respetar el espacio público. El respeto al peatón, al discapacitado, a las señales o al derecho del otro ha quedado relegado a la buena voluntad. Y cuando la educación cívica desaparece del aula, el desorden se instala en las calles.
Esa falta de civismo tiene consecuencias tangibles: peatones que deben bajarse a la vía para caminar, rampas bloqueadas para personas con discapacidad, entradas obstruidas, y un aumento constante en los accidentes menores que podrían evitarse si existiera empatía y disciplina.
Resulta cómodo culpar al Gobierno, a los ayuntamientos o a la DIGESETT de todo lo que ocurre. Sin embargo, la autoridad puede poner señales, pintar líneas y colocar multas, pero ninguna ley sustituye la conciencia ciudadana. Las cámaras de vigilancia no reemplazan la educación. Un país puede tener la mejor normativa vial del mundo, pero si la gente no respeta las reglas básicas de convivencia, el sistema colapsa.
La imagen de ese vehículo mal estacionado no es un hecho menor. Es un espejo. Refleja la falta de empatía y la costumbre de hacer lo que “me conviene” aunque afecte a otros. Y mientras sigamos actuando bajo esa lógica, ningún plan de ordenamiento urbano podrá sostenerse.
El tránsito, más que un problema técnico, es un reflejo de lo que somos como comunidad. Recuperar el civismo es una tarea colectiva. Significa entender que las calles no son solo para los vehículos, que las aceras son para los peatones, que el respeto no se impone por miedo a una multa, sino por conciencia de convivencia.
Si cada ciudadano asumiera la responsabilidad de respetar las reglas más básicas, Nagua —y cualquier otra ciudad dominicana— sería un espacio más seguro, accesible y humano. No se trata de más leyes, sino de más educación; no de más castigos, sino de más cultura ciudadana.
La foto de un vehículo mal estacionado no es solo una infracción: es una lección. Nos recuerda que el verdadero cambio empieza cuando dejamos de mirar hacia arriba esperando soluciones y empezamos a mirar hacia dentro, hacia nosotros mismos.
Por Amaury Reyna Liberato, residente en María Trinidad Sánchez















