Durante años, en República Dominicana se ha querido reducir el valor de una funda de comida a una simple fotografía o a un acto político. Algunos la han visto como un símbolo de pobreza, manipulación o dependencia. Pero quien ha sentido el toque de una mano solidaria en los momentos difíciles sabe que esa ayuda no humilla, sino que alivia, dignifica y alimenta esperanza.
Porque cuando una ayuda llega a la puerta de un hogar, no solo llega una funda, sino que con ella llega tranquilidad, el respiro de una madre que podrá cocinarle a sus hijos sin preocuparse cómo hacerlo. Llega el agradecimiento de un abuelo que siente que su país no lo ha olvidado, con la certeza de que alguien, desde algún lugar, piensa en ellos.
En un país donde la desigualdad todavía duele, el alimento es más que una necesidad biológica, es una señal de que la sociedad no ha perdido su humanidad.
Quien recibe una funda de comida no está pidiendo limosna, está recibiendo justicia, porque la justicia social no se mide solo en discursos o cifras, sino en la capacidad del Estado de estar presente cuando más se necesita.
Durante décadas, el pueblo dominicano se acostumbró a ver la asistencia social como un privilegio concedido por los gobiernos, como si ayudar al necesitado fuera un favor y no un deber.
Hubo tiempos en que muchas raciones se dañaban por no ser entregadas en el momento en que se debía, peor aún, hubo gobiernos que las repartían de madrugada, solo entre los suyos, como si el hambre tuviera partido.
Hoy la historia comienza a contarse distinta, y no porque todo sea perfecto, sino porque hay una nueva visión de lo que significa servir. El Plan Social, los Comedores Económicos y la nueva Dirección de Asistencia Social y Alimentación Comunitaria no representan ya el viejo modelo del reparto silencioso y selectivo, sino la expresión de un Estado que ha decidido mirar de frente a la pobreza y atenderla sin vergüenza.
Un poco sorprendida, he leído y escuchado a algunos decir que mostrar la entrega de ayudas es indigno, que las fotos hieren la sensibilidad o que exhiben la necesidad. Pero los mismos que critican las imágenes son, muchas veces, los primeros en cuestionar cuando no las hay.
Si se publican, dicen que se busca protagonismo; si no se publican, aseguran que no se está haciendo nada en favor de las familias vulnerables. Pero estos ignoran que, la verdad está en otro lugar. Porque mostrar no es presumir, es transparentar. Mostrar es decir “estamos aquí”. Mostrar es dejar constancia de que los recursos públicos llegan donde deben llegar.
Lo humillante no es enseñar una funda entregada, lo humillante sería esconderla, callarla o negar su existencia. La verdadera vergüenza sería que un país con recursos suficientes mirara hacia otro lado mientras su gente atraviesa dificultades, como hoy, producto de un huracán y sus efectos.
Lo cierto es que, cada ración servida, cada bolsa entregada, es una promesa cumplida a alguien que ese día no sabía qué cocinar. Es la diferencia entre una madre que llora y una madre que sonríe. Entre un niño que se acuesta con hambre y uno que duerme con el estómago lleno.
Servir al pueblo no es rebajarse; es elevar el propósito del servicio público. Porque cuando una familia recibe ayuda del Estado, no recibe compasión, recibe esperanza, y cuando un gobierno decide estar presente en los momentos difíciles, como ahora, demuestra que la política sí puede ser humana, sensible y justa.
La funda no humilla, la funda representa el abrazo del Estado a su gente. Y en ese abrazo hay respeto, hay empatía, hay amor. Porque al final, la verdadera grandeza de un país no se mide en cuántas torres levanta, sino en cuántas manos sostiene.
Por: Yiraldy Hernández















