Las precipitaciones que azotaron Nagua evidenciaron una vez más la fragilidad de la ciudad ante la falta de planificación urbana y el deterioro de su drenaje natural.
Cuando la lluvia cae con fuerza, no solo moja la tierra, también revela lo que el tiempo y la costumbre esconden. Las lluvias de ayer viernes por la noche fueron una radiografía descarnada de Nagua. En pocas horas, las calles se inundaron, los desechos sólidos flotaron entre las aceras, el tránsito se detuvo y la conversación volvió a girar sobre un tema que siempre se aplaza, el de la necesidad de un verdadero sistema de drenaje pluvial.
Lo ocurrido no fue un hecho aislado ni una sorpresa meteorológica. De acuerdo con datos de la Oficina Nacional de Meteorología (ONAMET), las lluvias acumuladas en menos de tres horas superaron los 50 milímetros en la zona costera del nordeste, un volumen que cualquier ciudad organizada podría soportar sin mayores consecuencias, pero Nagua no lo logró. La razón es simple y dolorosa: la ciudad no cuenta con un drenaje pluvial funcional y, peor aún, destruyó el natural que una vez tuvo.
Pocas ciudades del país nacieron con un privilegio como el de Nagua, con una topografía llana, un pueblo con conexión con humedales y cañadas que ofrecían un drenaje natural que, por décadas, permitió que el agua encontrara su camino hacia el mar sin causar daños; pero esa ventaja geográfica desapareció.
La urbanización desordenada, la ocupación de terrenos bajos, el relleno de cañadas y la construcción sobre antiguos cauces alteraron por completo el sistema de desagüe natural. Lo que antes era un flujo libre de agua, hoy son viviendas, comercios y calles que bloquean el paso del drenaje natural.
El resultado es predecible, porque cada aguacero convierte sectores como Pueblo Nuevo, Las Quinientas, Buenos Aires y muchos otros en canales improvisados. La naturaleza intenta recuperar su curso, y lo hace arrastrando con ella basura, lodo y frustración.
Y no todo se explica por la ausencia del Estado. Las lluvias del viernes también mostraron el reflejo de nuestra propia irresponsabilidad ciudadana. Los desechos sólidos tirados en cañadas y calles son parte del problema. Un estudio de la Dirección Municipal de Medio Ambiente, realizado en 2024, estimó que el 60% de los desechos recogidos tras lluvias intensas proviene de vertidos domésticos e improvisados.
Cada funda plástica arrojada en una cañada termina bloqueando un desagüe; cada escombro vertido en un terreno baldío se convierte en obstáculo para el agua que busca salir. Lo que muchos llaman “problemas de infraestructura” son, en gran parte, consecuencias de hábitos colectivos.
La naturaleza no destruyó el drenaje de Nagua. Lo hicimos nosotros… con indiferencia, con la falta de planificación y con la costumbre de culpar al otro.
El municipio de Nagua ha crecido sin un plan de ordenamiento urbano actualizado. El más reciente estudio del Plan Municipal de Desarrollo (2020-2025) advierte que la ciudad no dispone de un sistema pluvial formal y que el 70% de su superficie urbana carece de infraestructura de drenaje. Pese a estas advertencias, la inversión en gestión ambiental sigue siendo mínima y reactiva.
Las lluvias del viernes recordaron esa deuda, pero también evidenciaron algo más profundo: el divorcio entre la gente y su entorno. Mientras los residuos flotaban por las calles, las redes sociales se llenaban de quejas, pero no de compromisos. Pocos se detuvieron a pensar en lo que realmente se perdió cuando permitimos construir sobre las cañadas que nos protegían.
La tormenta de anoche fue una lección sin discurso y no solo nos recordó lo que los gobiernos no han hecho, sino también lo que nosotros, como sociedad, hemos provocado. La solución no llegará con excusas ni con promesas técnicas, llegará cuando Nagua entienda que el agua no se enfrenta, sino que se respeta, se guía y se planifica.
La ciudad necesita inversión en drenaje pluvial, sí, pero también necesita educación ambiental, conciencia ciudadana y voluntad política para restaurar lo que destruimos. Porque cada lluvia que cae sobre Nagua no solo trae agua, también trae memoria, y, la memoria, cuando se ignora, termina inundando el futuro.
Escrito por Amaury Reyna Liberato, director de ElNaguero.com















