El Hospital Dr. Carlos Alberto Zafra dejó hace tiempo de ser un lugar de esperanza para convertirse en una amenaza para quienes acuden allí en busca de atención. Lo que debería sanar, enferma. Lo que debería salvar vidas, pone en riesgo a quienes pisan sus pasillos.
Hace más de diez años que se repite la misma historia, plagada de momentos en las que inundaciones convierten sus salas en charcos, filtraciones que recorren techos corroídos, en ocasiones falta de insumos y equipos, carencia de personal especializado, paros de médicos y enfermeras que reclaman lo básico para ejercer su labor.
Dos gestiones gubernamentales pasaron sin dar respuesta, condenando a este hospital a un deterioro que ha ido más allá de lo físico.
Hoy, el Zafra no es solo un edificio en ruinas, es también un centro bajo cuestionamientos serios, que se encuentra atrapado en conflictos internos insólitos y que no responden a las necesidades del mismo, sino a conflictos políticos-personales del momento y convertido, por dejadez o inobservancia, en un foco de insalubridad. Es, en los hechos, más un foco de contaminación que un espacio de salud. El colapso parcial de su techo, ocurrido este 5 de septiembre, es apenas la consecuencia visible de una crisis que lleva años gestándose.
Los gobiernos de ayer prometieron y no cumplieron. El de hoy, todavía tiene tiempo de hacer lo que otros no hicieron y la responsabilidad no puede seguir aplazándose.
Cada día que pasa, cada paciente que se recibe y se intenta internar, pero no se puede por falta de condiciones, cada trabajador que arriesga su vida entre paredes agrietadas, es un recordatorio de que la indiferencia también mata.
El Zafra necesita una intervención urgente, no más remiendos ni visitas simbólicas. O se reconstruye o se levanta un hospital nuevo. Lo demás es condenar a Nagua a seguir depositando su salud en un lugar que ya no cumple su propósito.
La deuda está acumulada, el pueblo ha protestado, los médicos han reclamado, la prensa ha denunciado; ya no hay espacio para excusas.
El turno es de quienes gobiernan. Si no actúan ahora, cargarán con la misma culpa que arrastran los que dejaron pasar más de una década sin hacer nada y habrán dejado pasar la gran oportunidad de responder a una demanda social a la que ya le pudiéramos celebrar su mayoría de edad.
¡Estamos a tiempo!















