Luis Abinader Corona llegó a la Presidencia de la República en un país acostumbrado a liderazgos efervescentes, figuras que, con discursos encendidos y gestos grandilocuentes, buscaban impactar a las masas. A él, en cambio, lo tachaban de “insípido”, hasta lo comparaban con un vegetal de consumo popular, que suele llegar a la mesa no por su sabor, sino por necesidad o para rendir la “compaña”.
Sin embargo, lejos de rendirse ante los prejuicios, Abinader continuó construyendo su camino, preparándose y dando continuidad a los sueños de su padre: subir las escalinatas del Palacio Nacional.
En 2020, contra todo pronóstico, la oportunidad se encontró con la preparación. En medio de la pandemia global del COVID-19, Luis Abinader ganó las elecciones y el 16 de agosto asumió la Presidencia bajo estrictos protocolos sanitarios, en un escenario inédito para la nación.
Desde su discurso inicial, la conformación de su gabinete y hasta la forma de su llegada al Congreso, todo proyectaba un estilo distinto, sobrio y con señales de transformación. Ese día no solo comenzó un nuevo gobierno, también inició una nueva manera de ejercer el poder en República Dominicana.
Su visión de gobierno ha sido clara y ha sido la de dejar transformaciones sólidas, afianzadas en la institucionalidad y la transparencia, con un enfoque en mejorar la vida de los dominicanos en cada rincón del país. Ha cultivado un liderazgo cercano, abierto a las críticas y receptivo a las propuestas, sin importar de qué sector provengan.
No obstante, una de las críticas recurrentes hacia Abinader es la ausencia de “grandes obras”. Se le cuestiona con frases como; “no se puede mencionar una obra majestuosa de este gobierno”. La sociedad, acostumbrada a ver bulevares, metros o teleféricos como símbolos de gestión, busca en su mandato ese mismo tipo de espectacularidad. Y aunque es cierto que esas construcciones marcaron una época, también lo es que su radio de impacto ha sido limitado, concentrado principalmente en Santo Domingo.
La estrategia de Abinader ha tomado otro rumbo, la de ampliar y democratizar la inversión pública. Ejemplos sobran, por ejemplo, se pasó de 2 a 12 Institutos Tecnológicos de Las Américas (ITLA), de 8 a 54 centros del INFOTEP, se habilitaron cinco nuevas extensiones de la UASD, se duplicaron los subsidios de alimentación, se aumentó de RD$8,000 a RD$30,000 el salario base de los agentes policiales, y se elevaron las partidas presupuestarias destinadas a los ayuntamientos y juntas distritales. A esto se suman su política de cero tolerancia a la corrupción y la impronta de no perpetuidad en el poder.
Son transformaciones que no llenan titulares con la misma intensidad que un teleférico, pero que impactan de manera directa la vida de millones de ciudadanos, sobre todo fuera del Gran Santo Domingo. En palabras sencillas, es un liderazgo que se siente “más allá del peaje”.
A Luis Abinader aún le restan tres años de gestión y un gran desafío por delante: necesita menos seguidores y más colaboradores. Precisa rodearse de personas que no maquillen la realidad ni se limiten a asentir, sino que comprendan su visión, trabajen con objetividad, sensibilidad y la humildad necesaria para reconocer errores y corregir el rumbo. Esa es la clave para sostener el legado de transformaciones iniciado el 16 de agosto de 2020 y que, según su propio compromiso, concluirá el 16 de agosto de 2028.
Escrito por: Licenciada y comunicadora Ruth Mariel Peña, residente en Nagua, María Trinidad Sánchez















