Una sociedad enferma es aquella que normaliza el dolor, que aprende a vivir con la violencia como banda sonora diaria, que convierte el silencio en escudo y el encierro emocional en estilo de vida. Esa es, tristemente, la realidad que vivimos hoy. Nos duele la vida, pero no lo decimos, nos pesa el alma, pero no buscamos ayuda, nos quebramos por dentro, mientras por fuera seguimos jugando a ser fuertes.
¿Dónde quedó la importancia de hablar? ¿De desahogarnos? ¿De cuidarnos entre todos? Nos hemos convertido en gallitos de pelea; más guapos que nunca, listos para sacar espuela ante cualquier roce, incapaces de ver en el otro un ser humano con dolor y no un enemigo a quien aplastar.
Vivimos en una especie de trinchera emocional donde hablar de salud mental todavía se ve como debilidad, como si admitir que algo no anda bien en nuestra cabeza fuera motivo de vergüenza y no un acto de valentía. El costo de esa negación colectiva está en los titulares de cada día; violencia sin sentido, agresiones entre desconocidos, feminicidios que no se detienen, familias marcadas por la tragedia y niños que crecerán con el miedo como herencia.
Lo más alarmante es que este colapso emocional colectivo no encuentra una respuesta real por parte del Estado. Las políticas públicas para abordar la salud mental en República Dominicana están más ausentes que la razón en los momentos de locura.
El sistema de salud, saturado y mal distribuido, apenas ofrece opciones a quienes necesitan ayuda psicológica o psiquiátrica y pueden pagar por ella. Las escuelas no cuentan con suficientes orientadores, las campañas de prevención son esporádicas y los centros de salud mental siguen siendo marginales.
Estamos criando generaciones heridas que no sabrán cómo sanar porque nadie les enseñó a hacerlo. Mientras tanto, los espacios públicos se transforman en escenarios de tragedia.
Lo que pasó en un restaurante de Santo Domingo el pasado jueves es una prueba de ello; una discusión menor, una galleta mal entendida, un puño que desata la furia, un arma que sella el destino de una familia. Una vida que se va, otra que se pudre en la cárcel. ¿Todo por qué? ¿Por orgullo? ¿Por falta de diálogo? ¿Por salud mental no tratada.
El dolor de las mujeres asesinadas por sus parejas o exparejas no es solo suyo, es nuestro. Cada feminicidio es una herida abierta que nos recuerda lo mal que estamos, bastaría con mirar unas horas atrás y ver los más recientes, de los tantos casos que acumulan las estadísticas del presente año. Nos acostumbramos a la sangre como si fuera parte de la rutina semanal, y no lo es; no debería serlo.
Cuando una sociedad pierde la capacidad de conmoverse, de detenerse a escuchar, de buscar soluciones reales y no solo castigos, esa sociedad va directo al abismo, y lo peor es que estamos caminando hacia él a paso firme y sin mirar atrás.
¿A dónde vamos a parar?
La pregunta no es nueva, pero cada día resuena con más fuerza. ¿A dónde vamos a parar si seguimos callando lo que sentimos, negando lo que sufrimos y evitando enfrentar lo que somos?
Necesitamos más psicólogos en los barrios que policías con macanas, más espacios de escucha que cárceles saturadas, más prevención que castigo, más campañas que nos enseñen a sentir sin miedo y menos reality shows que nos anestesian ante el dolor del otro.
No es solo un problema de salud mental, es una urgencia nacional. Y mientras no la enfrentemos con valentía, mientras sigamos barriendo bajo la alfombra lo que no sabemos cómo manejar, seguiremos acumulando tragedias.
Este país necesita hablar, este país necesita llorar, este país necesita sanar, pero, para eso, primero hay que atreverse a escuchar.
Por: Roberto Amaury Reyna Liberato















